Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

sábado, 18 de mayo de 2013

Dios Nos Habla. Pero, ¿Cómo?


Pintura: Polykarp Ühlein OSB
Jesús subió al cielo; ya había preparado a sus discípulos diciendo que “es bueno que yo me vaya”. Sin embargo, a la vez les dijo que estaría con ellos hasta el fin del mundo. Nos envió su Espíritu, que nos enseñaría todo. Suena bello y consolador. Pero, ¿cómo percibimos hoy la voz del Espíritu?
Algunos dicen que Dios nos habla en la biblia. Correcto. Pero eso, por sí solo, encierra el peligro de que tomamos la biblia como cualquier otro libro; si por alguna razón no nos convence más, perdemos la fe. Otros dicen que Dios nos habla en el prójimo: el pobre, el hermano, la autoridad. Pero cuando éstos nos caen mal o nos maltratan, también tenemos una crisis de fe. Además, ¿cómo sé que una persona determinada me habla de parte de Dios, y otra no? Allí vemos que, en el fondo, hay una instancia dentro de nosotros mismos que nos indica a quién darle crédito. Se puede llamar “consciencia”. Pero también ésta puede ser bien formada o deformada. Debemos ir más allá todavía.
Quisiera contar aquí con detalle una experiencia mía que puede explicarnos este proceso. Estoy consciente de que es una experiencia muy personal; cada uno tiene la suya propia, quizá muy diferente. Pero, en un segundo momento, analizaré esta experiencia mía, para ver la estructura básica de cómo Dios se nos puede manifestar. En este sentido – así lo espero – mi experiencia podrá ayudar a algunos a acercarse más a Dios, para poner su confianza en Él.
Eran los últimos meses del año 1970. Era la época después del Concilio Vaticano II, una época de muchos cambios, y de mucha inseguridad. Muchos religiosos y sacerdotes entraban en crisis, y colgaban los hábitos. Yo me sentía seguro, creía no estar en crisis. En eso, durante un viaje algo largo en tren, cuando uno ve pasar el paisaje sin mirar nada en particular, se me ocurrió orar. Al pensar en qué rezar, se me ocurrió el verso “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Salmo 31 (30),5; Lucas 23,46). Así que comencé a repetir, Padre, en tus manos enc… ah, ¡NO! Y comenzó algo como un diálogo interior. Si yo me pongo en sus manos, ¡quién sabe lo que hará conmigo! Eres monje de votos perpetuos, además sacerdote; ¿por qué no te entregas? Y, ¿para qué volver a entregarme si ya lo hice el día de mis votos? Bien, si ya te entregaste, ¿por qué no lo confirmas de nuevo? Y, ¿para qué repetirlo? ¿A qué tienes miedo? – Y así por el estilo; pasé por una lucha interior que duró un buen rato. Al fin, cedí a esos “pensamientos”, y me puse a repetir aquel verso de todo corazón. Comencé a sentirme bien y en paz. Pocas horas más tarde, ya de regreso, pasó lo que menos me había esperado.
Sin que yo hubiera sospechado nada, se habían cocinado unas calumnias contra mí y, como el superior no dio crédito a mi defensa, fui sometido a una medida drástica. Fue una de estas cosas que, en aquella época, llevaba a muchos a abandonar el ministerio, y así me lo aconsejaban también a mí varias personas “bien intencionadas”.
Por supuesto, esta posibilidad pasó por mi mente. Pero, a la vez, sabía que el Señor ¡me había tomado en serio! Por eso, nunca he considerado seriamente abandonar el ministerio sacerdotal ni la vida monástica. No me quedé como resultado de una larga reflexión, o de haber tomado una decisión. No, la decisión de quedarme ya estaba tomada. El Señor ya me había preparado para esta experiencia dolorosa, cuando yo todavía no había sospechado nada. Él se me había adelantado.
Es una vivencia muy personal y, por supuesto, cada uno tendrá la suya propia, quizá muy diferente, según las circunstancias. Pero quisiera analizarla para ver la estructura básica de un encuentro con Dios. Más arriba he puesto este diálogo interior en dos letras distintas, normales y cursivas. Quiero expresar de esta manera que, si bien estos pensamientos fueron míos, sin embargo, no tenían el mismo origen. Unos eran pensamientos míos, de mi ego. Los que están en letra cursiva provenían de otra fuente que, aunque estaba dentro de mí, no tenía su origen en mí. Venían de otra parte o, como diría, de EL OTRO. De alguien distinto a mí, independiente, cuyos “pensamientos no eran mis pensamientos” (Isaías 55,8). Era alguien diferente que me invitaba, me desafiaba y, como vi después, me quería preparar para algo que Él ya sabía. A este OTRO lo llamamos DIOS y, por la confianza que Él nos inspira, PADRE. Es el Dios presente en lo más íntimo de nosotros, el Espíritu Santo.
No es un dios cualquiera, encargado de apoyarme en mis planes, de justificar mi manera de actuar. Un dios que, al fin y al cabo, sería un producto de mi fantasía, de mis deseos. No, yo me encontré con el mismo Dios que había llamado a Abrahán a salir de su vida acostumbrada, para darle confianza a Él, para dejarse guiar por Él. Es de suma importancia tener eso claro: Dios, si bien se rebaja a encontrarse conmigo en donde estoy yo, no se queda allí, en mi nivel, sino que me saca de allí, para llevarme a SU nivel.
Además, es pura iniciativa y acción de Dios. Yo no tengo mérito en eso. Sólo puedo consentir. Por eso no hay lugar para el orgullo. Al contrario, descubro la responsabilidad de ser para los demás instrumento de encuentro con Dios. El encuentro con Dios lleva al encuentro con el hermano; la contemplación desemboca en una misión.
Hay otro aspecto importante: aunque este encuentro con Dios puede ser el inicio de un camino nuevo, nunca nos permite seguir el camino espiritual por inercia. Porque Dios es, y sigue siendo siempre, EL OTRO; siempre se nos revela con facetas nuevas. De ahí que no podemos hacernos ninguna imagen de Él. No es que Él cambie; somos nosotros los que crecemos siempre más profundamente en esta relación. Por eso, en el camino con Él, siempre seremos principiantes; no podemos llamarnos nunca “maestros” (Mateo 23,8). Todos somos hermanos, compañeros de camino, que formamos “el grupo de los creyentes” (Hechos 2,44).

miércoles, 15 de mayo de 2013

Les conviene que yo me vaya



Ascensión de Jesús
A todos nos cuesta la separación de una persona, sea porque ésta se muere, o porque se va a vivir a otro lugar. Si es una persona muy querida, nos damos cuenta de lo dependientes que hemos sido de ella. Pero, a la postre, caemos en cuenta de que esta separación ha sido buena para nosotros. Tuvimos que aprender a valernos por nosotros mismos, a descubrir y vivir nuestros propios criterios, y nuestros propios recursos espirituales. Llegamos a ser más independientes.
Algo por el estilo habrá pasado a los discípulos de Jesús. Y Él los prepara para este proceso. Les digo la verdad: les conviene que yo me vaya. Si no me voy, no vendrá a ustedes el Defensor, pero si me voy, lo enviaré a ustedes (Juan 16,7). Hasta el momento, la persona de Jesús había sido el punto de referencia para ellos. Pero Él les había sembrado una semilla que iba a germinar. Para eso tenía que retirarse. Sólo en su ausencia descubren la riqueza interior que Dios había puesto en ellos: nada menos que ¡su Espíritu! Ya no es sólo el Dios con nosotros; ahora es el Dios en nosotros.
Por eso es tan importante no fijarnos ya en las cosas externas. Es el Espíritu de Dios que nos habla desde dentro. Eso no es lo mismo que decir que “yo soy dios”. ¡De ninguna manera! Dios es, y seguirá siendo siempre ¡El OTRO! Si no lo vemos así, somos víctimas de las ilusiones de nuestro egoísmo que - al fin y al cabo - nos aleja de Dios. Por eso necesitamos siempre el correctivo que tenemos en la Iglesia y en la Escritura. El Espíritu, lejos de dividirnos, nos une en Dios, nos convierte en una comunidad, en Iglesia. Es nuestra tarea afinar constantemente nuestro oído interior para escuchar esta voz del OTRO; porque su voz es suave, aunque persistente.
Si aprendemos a escucharlo, nos sabremos acompañados y amados en todo momento. Tendremos la fuerza necesaria para no desmoronarnos en las adversidades; porque no hay fuerza que pueda con este Dios que nos ama.

domingo, 5 de mayo de 2013

¿QUIÉN ES TU DIOS?



Alguna vez en la vida, a todos se nos plantea la pregunta de quién es nuestro Dios, o qué entendemos por “dios”. Pero antes de esta pregunta está la otra: ¿realmente hay un dios?
Las respuestas son muy variadas. La más fácil es decir que no hay dios. Aunque no debemos olvidar que todos creemos en algo; por eso, el que no cree en Dios, cree en cualquier cosa, como leí hace poco.
Sin embargo, la mayoría sabe que hay algo más allá de nosotros. Lo llaman Ser Supremo, Inteligencia Universal, Madre Gaia, o quizá simplemente El Destino. Sabemos que hay algo en nuestra vida que parece impredecible y más fuerte que nosotros, algo que nos rige; pero lo queremos controlar. Eso lleva en las religiones a ritos y sacrificios, para aplacar a la Deidad, para hacer que nos sea favorable. Tal religión tiene como actitud básica el miedo. Porque, si bien aceptamos que hay un dios, la pregunta más importante es si este dios me ama o me castiga, incluso cuando ni sé por qué.
Las cosas cambian cuando Dios decide revelarse a Abrahán, y a establecer una relación personal con los hombres. Se revela como un Dios que, por un lado, exige la confianza absoluta del hombre, pero que, a la vez, se muestra digno de esta confianza, y le da al hombre un futuro mucho mejor del que tiene y que puede imaginarse. A partir de Abrahán, Dios le dice al hombre una y otra vez “¡no temas!” Es lo primero que le dice al hombre cuando se le manifiesta, casi como un saludo. Ya el hombre no tiene necesidad de aplacar a Dios y ganarse su favor; ahora es Dios quien sale al encuentro al hombre y lo “aplaca”, es decir, le quita el miedo.
Sigue revelándose más tarde a Moisés, como YHWH, el Dios presente, el Dios que se interesa, ya no sólo por un individuo, sino por todo un pueblo que es su pueblo elegido. El Dios que está al lado de su pueblo, y a su favor; los saca de la esclavitud; durante la travesía por el desierto los educa en la confianza, y los lleva a una tierra prometida.
En la época del exilio se revela, además, como el único Dios; los demás dioses, por más poderosos que puedan parecer, son apenas unos ídolos, hechuras humanas, condenados a la impotencia y la desaparición. Y así, se asoma poco a poco la fe de que Dios no es sólo Dios de un pueblo, sino de toda la humanidad.
Siglos más tarde, Jesús lleva esta fe a sus últimas consecuencias: llama a este Dios “Padre”, y le confía hasta más allá de la muerte. Hoy en día, algunas feministas quieren ver a Dios también como “Madre”. Por supuesto, el que creó la maternidad y la paternidad, es también madre. Pero aquí no hablamos de definiciones filosóficas, sino de experiencias. Si Jesús llamó a Dios “Padre”, no creo que haya sido porque se había criado en una sociedad patriarcal. La razón me parece más profunda: la madre tiende a proteger al hijo, lo cuida, le evita los peligros. El padre más bien reta al hijo a superarse, a ir más allá de los límites conocidos, a correr riesgos. Invitar al hijo a “amar hasta el extremo”, hasta la muerte en una cruz, es más de padre que de madre.
Para saber si hay un dios, y cómo es este dios, me parece que hay una sola manera: confiarle totalmente. Mientras nosotros tratamos de controlarlo, no habrá manera de entrar en una relación con Él. Nos quedamos como uno que quiere atrapar el aire con su puño: ¡con las manos vacías! Lo conoceremos únicamente cuando dejemos el control, y pongamos toda nuestra confianza en Él. Será a partir de ese momento que nuestra vida cambia, que descubriremos quiénes somos verdaderamente, y cuál es nuestra misión en la vida, para qué hemos nacido. Y podremos esperar con alegría el destino glorioso que nos espera.

martes, 30 de abril de 2013

QUIÉN COMO DIOS


Miguel Arcángel

Hemos llegado a un grado de mucho odio y mucha hostilidad. La gente busca protección, y algunos rezan a San Miguel Arcángel. El arte nos lo presenta como este héroe de Dios que pelea las batallas para defender los intereses del Señor. Esta imagen viene de un texto del Apocalipsis: Después hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. El dragón y sus ángeles pelearon, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así que fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron lanzados a la tierra (Apocalipsis 12,7-9). Allí sigue haciendo la guerra a los creyentes.
Nuestro error es que nos imaginamos una guerra como la conocemos, con armas, con sangre, y con la victoria sobre el enemigo - y, por supuesto, los victoriosos ¡somos nosotros! Pero no debemos caer en este error. El nombre hebreo del ángel nos indica de qué se trata: MI KA EL, ¡QUIÉN COMO DIOS! Es como un grito que nos despierta de nuestra inconsciencia, de nuestra confusión donde todo es igual, donde no hay escala de valores, donde reina “la dictadura del relativismo”. Es como exigirnos una toma de consciencia, que clarifiquemos nuestras prioridades y definamos cuáles de nuestras relaciones son importantes. Se trata, pues, de una lucha interior, pero una lucha sosegada, tranquila. Simplemente, se trata de tomar una decisión, de responder esta pregunta de quién es como Dios.
MI KA EL
San Pablo nos habla de las “armas” que se usan en esta “lucha”: Así que manténganse firmes, revestidos de la verdad y protegidos por la rectitud. Estén siempre listos para salir a anunciar el mensaje de la paz. Sobre todo, que su fe sea el escudo que los libre de las flechas encendidas del maligno. Que la salvación sea el casco que proteja su cabeza, y que la palabra de Dios sea la espada que les da el Espíritu Santo. No dejen ustedes de orar: rueguen y pidan a Dios siempre, guiados por el Espíritu. Manténganse alerta, sin desanimarse, y oren por todo el pueblo santo. Oren también por mí, para que Dios me dé las palabras que debo decir, y para que pueda hablar con valor y dar así a conocer el designio secreto de Dios, contenido en el evangelio. Dios me ha enviado como embajador de este mensaje, por el cual estoy preso ahora. Oren para que yo hable de él sin temor alguno (Efesios 6,14-20). El escudo es nuestra fe. Cuando confiamos en Dios, las calumnias, amenazas, o dobles discursos, no podrán hacernos daño. El saber que estamos salvados, perdonados y amados por Dios, es como un casco que evita que “perdamos la cabeza”. Y, hablando de armas “de ataque”, nuestra “espada” es la palabra de Dios, la Verdad. Suena sencillo, casi increíble; pero los regímenes despóticos saben muy bien por qué persiguen a los profetas - estoy pensando en Mons. Oscar Arnulfo Romero, de El Salvador - , por qué les molesta tanto que se sepa la verdad. Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón. Nada de lo que Dios ha creado puede esconderse de él; todo está claramente expuesto ante aquel a quien tenemos que rendir cuentas (Hebreos 12,13s). Que la victoria de Cristo no es fruto de guerras con armas humanas, lo dice también San Pablo: Entonces aparecerá aquel malvado, a quien el Señor Jesús destruirá con el soplo de su boca y reducirá a la impotencia cuando regrese en todo su esplendor (2Tes 2,8). El “soplo de su boca” es la palabra del Señor (Isaías 11,4).
La fuerza de esta Palabra parece muy precaria. Sin embargo, es la palabra del Resucitado; no puede ser encarcelada, ni mucho menos eliminada. El sumo sacerdote y los del partido de los saduceos que estaban con él, se llenaron de envidia, y arrestaron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero un ángel del Señor abrió de noche las puertas de la cárcel y los sacó, diciéndoles: “Vayan y, de pie en el templo, cuenten al pueblo todo este mensaje de vida.” Conforme a esto que habían oído, al día siguiente entraron temprano en el templo y comenzaron a enseñar (Hechos 5,17-21). En los Hechos de los Apóstoles hay otros textos más que hablan de lo mismo.
Una última advertencia: Por supuesto, nos gustaría ver la victoria. Pero la victoria es de Dios, no de nosotros. Eso puede exigir que se dé la victoria de la palabra precisamente a través de nuestra derrota, de nuestra muerte. Es la palabra la que cuenta, no nuestra vida terrena. Si asumimos esto, nos hacemos verdaderos testigos de la palabra - y participaremos en su victoria.

martes, 16 de abril de 2013

Resignación “Cristiana”



En la entrada del 10 de abril hablé del fenómeno del diablo, de esta experiencia cuando alguien intenta confundirnos. Estamos viviendo una etapa de estas confusiones, y debemos estar muy conscientes, despiertos, y con mucho discernimiento.
El hombre que fue proclamado presidente en estos días, en vista de tantos reclamos contra el resultado de las elecciones, ha dicho, entre otras cosas, que se “acepte (la situación) con resignación cristiana". No entro en discusión sobre la validez o no del resultado de las elecciones. No es mi incumbencia. Pero quiero dejar bien claro que aquí se nos quiere manipular con una gran confusión de tipo “espiritualoide”, una mezcla de conceptos religiosos que terminan siendo un sancocho que sólo causa indigestión. Me explico: La aceptación y la resignación son dos cosas muy distintas, por no decir: opuestas.
La resignación es este estado de frustración que nos impide actuar y luchar por lo que consideramos nuestros derechos y nuestras metas, nos paraliza. “Hasta aquí llegué; no puedo más”; “¿qué puedo hacer yo en esta situación abrumadora?” “Me quedo tranquilo, para salvar lo poco que me queda”. Éstos son unos argumentos que buscan justificar nuestra rendición. Y ésta es la fuerza de cualquier déspota que busca su ventaja a expensas de otros. Nos quedamos estancados, como personas humanamente minusválidas, esclavos. Y las consecuencias son desastrosas; porque abren la puerta a la envidia, a la sed de venganza,  al odio. Hablar de “resignación cristiana” es, por lo tanto, una contradicción. Porque el cristiano no se resigna, sino que acepta.
Pero la aceptación es algo muy distinto. No es un punto de llegada, sino un punto de partida. Acepto la situación presente, para luchar por mis metas. El motor de la aceptación es la virtud de la esperanza. Nos encaminamos hacia algo que no vemos, que parece lejos; pero, en la fe, sabemos que es nuestro. No es una espera pasiva, sino una actividad que nos lleva a una meta, a lo que es nuestro. Dios había prometido al pueblo de Israel una tierra; pero ellos mismos tenían que ir allá a ocuparla. Dios nos ha dado libertad; pero nosotros mismos tenemos que ejercerla; no podemos pedirla a otros; eso sería esclavitud. Dios nos ha dado nuestra dignidad; pero nosotros mismos tenemos que vivir a la altura de esta dignidad. Sólo en nuestra fe en Dios encontramos la fuerza para aguantar y sobrellevar las dificultades en el camino.
Y hay algo más importante: no se trata sólo de luchar por mi bien personal; luchamos por el bien de todos. Nuestra fe no excluye a nadie. En última consecuencia, esta actitud nos permite incluso dar nuestra vida por los demás. Porque todo el bien que podamos conseguir en este mundo es sólo un “por ahora”. Los bienes definitivos son un don gratuito de Dios.
A lo mejor, ésta es la lección que tenemos que aprender en estos momentos difíciles. No se trata de sobrevivir yo; se trata de crear un ambiente donde TODOS pueden vivir.