Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

viernes, 22 de mayo de 2020

Volveré donde vosotros


En el evangelio de Juan (14,15-21) leemos: No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. La liturgia nos presenta este evangelio durante el tiempo de tensión entre la presencia del Resucitado y de su ausencia después de la ascensión. Es el tiempo del deseo de Magdalena delante de la tumba, cuando quería aferrarse a Jesús. Pero Él nos asegura que no nos dejará huérfanos, sino que volverá a estar con nosotros.
Quizá entendemos estas palabras mejor si nos hacemos conscientes de la suerte de los huérfanos. Niños que han perdido uno o ambos padres están, ante todo, profundamente inseguros. Les falta lo imprescindible para vivir: alimento, vestido, acogida amorosa y una sana autoestima. En tales condiciones, un niño pequeño y débil se muere. Uno más grande intentará conseguir todo lo necesario de la manera que sea. Como la voluntad de sobrevivir es fuerte, prevalece la ley del más fuerte.
Esto mismo se observará también entre nosotros, los adultos, mientras no creamos que Jesús está con nosotros, y que nosotros y nuestra suerte están en sus manos. También nosotros construimos nuestras seguridades y nos aferramos a ellas, incluso dañando a los demás. Muchas veces nos envalentonamos con una falsa autoestima despreciando a los demás o, al menos, considerándolos de poca importancia. En la sociedad, y en nuestros alrededores, prevalece la ley del más fuerte. Lo que el Señor nos trajo: amor, perdón, paz, no son posibles si vivimos con semejantes criterios.
Jesús nos aseguró: volveré junto a vosotros. Pero ¿dónde está? La pandemia que sufrimos ahora pone el dedo en una llaga que no queríamos reconocer: lo que nosotros llamamos “fe”, muchas veces no es más que una serie de costumbres religiosas. Las controversias que surgieron acerca de la eucaristía lo pusieron de manifiesto. Da la impresión de que, para muchos, Cristo está presente SOLAMENTE en la eucaristía. Está presente en estos pocos centímetros cuadrados de la hostia, pero no al lado. Está en el templo, en el sagrario, en el ostensorio con el sacramento expuesto; pero fuera de allí, no está. Ahora llegaron las misas por los medios, misas virtuales, para recibir la comunión “espiritual”. - ¡Como si alguien hubiera comido alguna vez una “pizza espiritual”!
De acuerdo: esta comparación es chocante y molesta. Pero justamente por eso nos indica por donde está la distorsión que estamos viviendo. En realidad, la “comunión espiritual” es el deseo de ser uno con Cristo. Él está dispuesto a llenar este deseo, pero no en el sacramento, sino en la realidad a la que apunta el sacramento. Es la pregunta por al presencia de Cristo. ¿Dónde está? La escritura nos da unas respuestas muy claras: Pablo iba a Damasco para detener a los seguidores de Jesús. Cuando había caído al suelo preguntó “¿quién eres, Señor?” La respuesta: “soy Jesús a quién tú persigues”. Los perseguidos son el mismo Jesús. ¡ALLÍ, EN ELLOS, está presente! En el último juicio dirá: “Lo que (no) han hecho a uno de estos mis hermanos más pequeños, a MÍ (no) lo han hecho.” ¡ALLÍ, EN EL MÁS PEQUEÑO, Jesús está presente!
Pero seamos sinceros: es mucho más fácil adorar a Jesús en la hostia, en vez de atenderlo en el más pequeño que, para colmo, puede ser antipático, desagradable, y hasta hostil. Hemos degradado nuestra fe al nivel de una religión de huérfanos que buscan seguridad en “tradiciones venerables” que nos tranquilizan con la sensación de servirle a Dios – sin que nos duela.
Todo esto nos lleva a otro detalle: en la presencia sacramental de Cristo nos hemos fijado demasiado en el “recibir”; yo recibo a Jesús. Esto es correcto. Dios da el primer paso; nos da su amor. Pero esto no es todo. En la presencia de Jesús en el prójimo se trata, antes que todo, de “dar”, de nuestra entrega. Esto nos saca de un recibir pasivo, y nos lleva a una vida espiritual activa donde asumimos la responsabilidad de dar a los que nos rodean el amor que hemos recibido de Dios.
No nos pongamos a esperar hasta que alguien dé el primer paso. ¡Permitámosle a Cristo hacerse presente, dando nosotros el primer paso!

viernes, 1 de mayo de 2020

Por qué Jesús (2)


No podemos con todo en la vida. Basta mencionar la muerte; nadie la escapa. Pero experimentamos también la culpa. Nadie puede quitárnosla. Y la consciencia de nuestra dignidad como persona, ¿de dónde nos viene? Para afirmarnos a nosotros mismos caemos fácilmente en comparaciones con otros. Recuerdo a alguien que pasó varios años por un análisis profundo de psicología. Conocía todos los detalles de su vida, su pasado y la razón por ser cómo era. Y terminó diciéndome, “PERO NO ME QUIERO A MÍ MISMO!” El conocimiento de sí mismo no es suficiente, por más exhaustivo que sea. Necesitamos aprecio, aceptación. Y ésta sólo viene de aquel que nos creó, y declaró que “todo era bueno, muy bueno” (Génesis 1).
Por eso Dios se hizo hombre en Jesús, para compartir nuestra suerte, pasando por el desprecio extremo y la muerte. Pero su relación con Dios le dio una nueva calidad a su vida. Hay en los Hechos delos Apóstoles (10,37-38) una frase breve que, lamentablemente, pasa muchas veces desapercibida: Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él. “Diablo”, en hebreo, es “Satán” - Satanás - , el que me lleva la contraria, el adversario, el que no ve nada bueno en uno. Y si lo hay, lo interpreta mal y lo presenta como malo. Demasiadas veces nos encontramos sometidos a este poder.
Jesús, siendo adulto ya, comenzó su vida pública. Se dejó bautizar por Juan en el Jordán. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se escuchó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto” (Lucas 3,22). Esto fue una experiencia muy profunda, y nuestro lenguaje humano llega a sus límites, cuando intenta hablar de algo semejante:
A Jesús se le abrió el cielo y, con eso, el acceso directo a Dios, sin intermediarios. Se llenó del Espíritu de Dios que lo animó e impulsó. Se experimentó a sí mismo esencialmente como hijo amado, y a Dios no como a madre protectora, sino como a un padre que reta a su hijo a superarse a sí mismo, a llegar a ser maduro e independiente, y que acompaña a su hijo en este proceso. Esto nos hace comprender que Jesús confió en Dios, incluso más allá de la muerte. Aquí no se trata de una definición sino de una relación.
Como consecuencia de esta relación, Jesús se encontró en el desierto. No se precipitó a predicar en seguida. Tuvo que asimilar primero esta experiencia nueva, permitiéndole tocar hasta lo más profundo de su ser. En la prueba durante este proceso demostró que veía todo bajo la luz de su relación con el Padre.
La experiencia de este amor fue tan profunda y fuerte que ningún poder y ninguna presión podían sacudirla. Recordemos: era el Hijo de Dios que nos reconcilió con el Padre, y justamente esto condujo a su condena. Era el Hijo amado, pero por la condena a una muerte en cruz lograron presentarlo a la vista de todo el mundo como un maldecido por Dios. Él era el amor en persona, y tuvo que sufrir la descarga de odio de todo el mundo. Pero la respuesta de Jesús al amor del Padre fue más fuerte que su miedo a la muerte, al desprecio y a la descalificación, más fuerte que la impotencia y el desamparo en la cruz.
Jesús no quiere solamente predicar este amor, sino transmitírnoslo por sus hechos. Como el Padre me amó así yo los he amado (Juan 15,9). Jesús nos libera de nuestras obsesiones y nuestra miopía, de nuestros temores y desprecio de nosotros mismos. De esta manera nos convierte en mujeres y hombres libres, maduros, independientes, conscientes de su dignidad, y que no tienen necesidad de venderse a nadie.
Es aquí donde comienza la renovación de la iglesia: Que se amen unos a otros como yo los he amado (Juan 15,12). El amor de Dios no defrauda: si le somos infieles, él se mantiene fiel, porque no puede negarse a sí mismo (2 Timoteo 2,13).

miércoles, 29 de abril de 2020

Por qué Jesús


¿Por dónde empezar con la renovación de la iglesia? Además, ¿por qué la iglesia? Hay una opinión generalizada de que todas las religiones nos conducen a Dios, o que todas veneran y adoran el mismo Dios. Entonces, ¿por qué el cristianismo? Por supuesto, como cristianos podemos argumentar con la doctrina de la iglesia. Pero este argumento es poco convincente. Porque los problemas más profundos de la vida no se resuelven con una doctrina, sino a nivel de experiencia. En esto puede ayudarnos si nos damos cuenta de lo que más reprimimos de nuestra consciencia. Son la culpa y la muerte. Nos deshacemos de la culpa descargándola a otros. Y ¿la muerte? Eso es macabro, de esto no se habla. Nos sentimos bien cuando condenan a otros, porque esto fortalece nuestra imagen de buenos. Y la muerte de otros ejerce sobre nosotros cierta fascinación porque nos confirma que nosotros nos salvamos. Pero cuando estas cosas pasan a nosotros, fácilmente nos desmoronamos y caemos en depresión. La vida pierde su sentido.
Además, la “muerte” es un concepto muy amplio. Se refiere a la pérdida de todo lo que yo considero importante o imprescindible para mí. El monje trapense Thomas Keating, con la ayuda de la psicología, describió esto para tres áreas de nuestra vida: seguridad y supervivencia; afecto y estima; poder y control. Después de haber pasado nueve meses en el vientre materno como en un paraíso, porque todo estaba servido, después del nacimiento el niño siente que la satisfacción de sus necesidades ya no está garantizada con plena seguridad. En los primeros cuatro años es normal que el niño sea egoísta. “Niño que no llora, no mama”. Entre los 4 a 8 años de edad se identifica con un grupo que puede satisfacer sus necesidades. La familia, el barrio, el área cercana. Sigue la identificación con los compañeros de escuela, con la parroquia, la religión, la raza, el pueblo, etc. En esto, “nosotros” siempre somos los buenos, y “ellos“ son los otros y, cuando hay un problema, son los malos y tienen la culpa. Consideramos importante esta pertenencia a un grupo porque nos promete seguridad, aprecio y cierta influencia y participación en el poder. Por eso la vida en un ambiente extraño, el aislamiento social, o la pérdida del poder son una experiencia muy dura.
Un grupo no es infalible. Otro grupo puede llegar al poder, con otros valores y criterios, y todo cambia. Cuando me doy cuenta de que he puesto mi confianza en la gente equivocada o en un sistema equivocado, me veo en aprietos. Me pueden tratar y juzgar como uno más de la manada.
Lo que son en la niñez necesidades, se convierte más tarde en deseos y exigencias. Esto está arraigado en nuestro inconsciente tan profundamente que no podemos salir de allí por nuestras propias fuerzas. A veces lo podemos observar en los recién convertidos: Uno, por ejemplo, ha dominado siempre a todo el grupo. Un buen día “se convierte” – y comienza a dominar toda la parroquia. Uno creía tener siempre la razón, y después de su “conversión” se cree el único con la fe verdadera, y es intolerante con todos los demás que no piensan como él. Mientras esta conversión no entra en las profundidades de nuestro inconsciente, no estamos convertidos. Eso es lo que llamamos “pecado”, no el pecado como un hecho aislado que uno comete, sino una situación de pecado, de estar separados del fondo de nuestro ser verdadero, Dios. En Lucas 16,26 encontramos una imagen de esta situación. Lázaro está en el seno de Abrahán, y el rico que en vida no lo atendía sufre ahora en el infierno. Quiere que Lázaro venga a aliviarle los sufrimientos. Pero Abrahán le dice que “entre ustedes y nosotros se abre un inmenso abismo; de modo que, aunque se quiera, no se puede atravesar desde aquí hasta ustedes ni pasar desde allí hasta nosotros”. Es este abismo que no podemos superar por nuestras propias fuerzas. En vista de esta situación Martín Lutero exclamó, “¿Cómo puedo encontrar un Dios misericordioso?” Ya San Pablo se experimenta prisionero de la ley del pecado, como dice en Romanos 7,23-24.
Jesucristo es el único que ha dado una respuesta a estas preguntas existenciales tan profundas, no con palabras sino compartiendo y sufriendo nuestra misma suerte. Él puede hablarnos de su experiencia. De esto más la próxima vez.

La Renovación de la Iglesia


Por las circunstancias especiales del momento, mucha gente comienza a reflexionar e, incluso, a cavilar. En este contexto cuestionamos también nuestra relación con Dios. Se preocupan por lo que pasa en la iglesia, desde los abusos sexuales y espirituales, pasando por escándalos financieros, hasta las rencillas a nivel diocesano y parroquial. Hay de todo en la iglesia. Algunos simplemente le dan la espalda, y buscan su felicidad en otra parte. Es verdad: a veces da ganas de tirar la toalla. Ahora, por las limitaciones que nos impone la pandemia, se agudizan los cuestionamientos acerca de la pastoral en general, y en concreto por la manera cómo se administran los sacramentos, especialmente la eucaristía. Con esto se toca un nervio de nuestra práctica cristiana.
Sin embargo, yo tengo muchas razones de peso para quedarme en la iglesia. Me siento como guiado interiormente, alguien me acompaña en un camino, que resulta a veces muy difícil. En mi memoria se destaca un sueño que tuve hace 32 años, uno de estos sueños que tenemos y que siguen resonando por muchos años más. Se lo voy a contar:
Estoy, con otro sacerdote, en el este de Caracas. A causa de un terremoto, salimos de un edificio bajo, y entramos en una iglesia, una construcción moderna, bella, amplia, de concreto armado, a prueba de terremotos. Allí esperamos, y vemos cómo las casas y edificios fuera se parten y caen. Pero, después de bastante tiempo, se ven fisuras en el piso y en el techo de la iglesia, y una parte se separa de la construcción principal. Fuera, caen los edificios más grandes de al lado. Empezamos a orar; pero tiene algo de triunfo. Yo digo en latín, ET JERUSALEM REEDIFICATUR” (y Jerusalén es reconstruida). Alguien a mi lado dice más o menos lo mismo en español. En esto veo que se agrieta el piso a mi lado. Busco refugio en una parte donde, según el diseño de la construcción, me creo más seguro. Pero no es así. Estoy en el piso, para no caerme. Voy a otra parte; alguien me empuja de allí porque es inseguro y, mientras tanto, toda la iglesia, poco a poco, se resquebraja, se rompe, y se cae. No me pasa nada. Estoy pensando cómo se ha caído esta construcción tan fuerte que se creía a prueba de terremotos.
Por supuesto, un sueño se dirige, en primer término, al que lo tiene. Así también este sueño tenía que ver con mi proceso de crecimiento interior en aquellos tiempos. Pero, a la postre, veo claramente que yo soy parte de un proceso más grande y amplio, el de la renovación de la iglesia. Por eso, el mensaje de este sueño me trae mucho consuelo: lo que nosotros conocimos como “iglesia”, esta estructura y organización rígida que ha resistido los cambios de los siglos, y que nadie podía sacudir, está cayéndose a pedazos. Lo que queda es una comunidad viva que ora y canta, cada uno en su propio idioma y, sin embargo, armoniosamente. Me recuerda que, en tiempos apostólicos, a la iglesia simplemente se la llamaba “el grupo de los creyentes”.
Tenemos la tendencia de organizar todo, también la iglesia. Pero cuando buscamos nuestra seguridad en la organización, la fe, la confianza en Dios, ya no encuentra con qué alimentarse. Y eso es lo que me parece decir el sueño: tenemos que volver a la comunidad de vida. Había un detalle importante en este sueño: las palabras “y Jerusalén es reedificada” estaba en tiempo presente. Al despertarme recordé que estas palabras se encontraban en la biblia. Las encontré en el libro de Tobías 13,10. Allá está escrito en tiempo futuro. Es entonces ahora, en el tiempo presente, cuando estamos en pleno proceso de reconstrucción. Todo el colapso aparente que observamos, y sufrimos, es sólo parte del “saneamiento”, del desmantelamiento de cosas superfluas, para que vuelva a aparecer el valor de lo esencial.
Por eso podemos tener confianza. Cristo nos prometió que las puertas del infierno no prevalecerán sobre su iglesia. Depende de nosotros, si le damos crédito a su palabra. Próximamente quisiera compartir algunas reflexiones que pueden ayudar a ver más claro. Tomaré en cuenta también a aquellos que, por la razón que sea, se han alejado de Dios y de la iglesia. Se trata de no confiar tanto en la organización, sino de encontrar nuestro apoyo más en la confianza en el amor de Dios.

sábado, 25 de abril de 2020

Emaús y Nosotros


Todos conocemos el Evangelio de los discípulos que iban de camino a Emaús. Era un trayecto de unas 2 ó 3 horas. En ese tiempo se puede hablar y compartir mucho, y lo hicieron con un peregrino que sel es juntó. Pueden leerlo en Lucas 24,13-35.
Era una situación triste. En el contexto del evangelio de Lucas Jerusalén es el centro donde ocurre lo más importante: la muerte y resurrección del Señor. Pero, en vez de quedarse allí, para ser testigos de los acontecimientos, se alejan. El peregrino que se les junta en el camino los lleva con delicadeza paso a paso a apreciar la realidad correctamente. Eso presupone ante todo que estén conscientes de lo que pasó. Y que lleguen a estar conscientes de sus expectativas equivocadas, sus ilusiones, sus desengaños y su desesperanza. Tenían que verbalizar todo eso, junto con su negativa de creerles a las mujeres que habían traído una buena noticia de la tumba vacía. Sólo entonces, cuando “estaban por el suelo”, les abrió el entendimiento.
Eso nos pasa también a nosotros una y otra vez, especialmente en estos tiempos. Muchas cosas están cambiando, nos sentimos inseguros, tenemos miedo, a veces incluso a nosotros mismos. El mundo ya no es como lo acostumbrábamos ver.
En tales situaciones es necesario que, ante todo, reconozcamos que muchas veces estamos huyendo de nosotros mismos. Estábamos ocupados; cuando había problemas podíamos evitar el uno al otro; teníamos pasatiempos, en fin todo estaba bien organizado. La sociedad funcionaba de manera aceptable; la vida era llevadera. Pero ahora todo se trastorna. Estamos aprisionados; ya no podemos vivir como de costumbre, o tenemos que hacer las cosas de manera diferente.
¿Qué sentimos entonces? Es importante expresar nuestros sentimientos. Quizá, cuando estamos íngrimos y solos, no contamos con nadie a quien se los podríamos confiar. Sin embargo, podemos dirigirnos a Dios. ¿Rezar? ¡Sí y no! Sabemos que estos problemas no se arreglan con unos cuantos rezos. Pero podemos hablar con Dios. Somos hijos de un Padre que nos ama, y como tales podemos gritarle nuestra frustración. Eso no es una falta de respeto, sino una humilde honestidad. Cuanto más honestos seamos, tanto mejor escucharemos su respuesta. ¡ESTO es fe; ESTO es confianza!
¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria?
Sólo cuando aceptamos lo desagradable y las contrariedades, cuando pasamos a través de ellas, podemos ver lo grande que Dios nos tiene preparado. Somos como un pozo: tenemos que perforar primero la lima pegajosa, la roca dura y los escombros. Sólo entonces seremos manantial de aguas vivas.

domingo, 19 de abril de 2020

Nuestra fe en el Resuciado


Celebramos la Pascua todos los años, no solo por la alegría de la resurrección y nuestra salvación, sino también porque este misterio es tan profundo que nos lleva toda una vida para asimilarlo. Porque, seamos honestos: nos cuesta creer en la resurrección.
En nuestro caso, por supuesto, esta dificultad proviene de nuestra instrucción religiosa. Cuando yo era pequeño, nos dijeron: "Creer es aceptar como verdadero lo que Dios ha revelado". Somos cerebrales; las cosas pasan en nuestra cabeza, queremos entenderlas, captarlas en nuestras mentes. Pero esto es básicamente un intento de controlar la realidad. Y no podemos hacer eso con Dios. Dios es incontrolable, incomprensible.
Nuestra experiencia cotidiana puede acercarnos un poco más a entender esto. Nos enteramos de que las personas que hemos conocido durante mucho tiempo de repente nos sorprendieron con una faceta que nunca habíamos visto antes, y mucho menos la sospechábamos. Solo podemos aceptar esta experiencia o rebelarnos contra ella.
Con Dios nos pasa algo semejante. No se trata principalmente de comprenderlo, sino de una relación creciente con él. Sólo de allí resulta un saber, que es tan profundo que nadie nos lo puede quitar. No queda nada para discutir; uno solo puede aceptarlo o rechazarlo.
Esto también sucedió después de la resurrección. Los sumos sacerdotes creían, sabían, que Jesús había resucitado. Pero querían silenciarlo, y gastaron mucho dinero para ello. Los discípulos reaccionaron de manera diferente. Les resultó difícil creer lo que decían las mujeres cuando regresaron de la tumba vacía. Todavía les faltaba la experiencia. Pero estaban listos para ella. Porque Dios solo actúa cuando humanamente ya no se puede hacer más nada. Fue lo mismo con Jesús. Estaba muerto. Y los discípulos estaban "por el suelo". Estaban ante una tumba vacía, sin “cuerpo presente”. Se habían encerrado por miedo a los judíos. Estaban tristes y lloraron. Magdalena lloró frente a la tumba vacía. Y con ojos llorosos, no puedes ver la realidad con claridad. Estaban decepcionados y sin esperanza. Es esta realidad en la que entra el Resucitado y que gradualmente se transforma en alegría. Y Jesús no quiere sólo mostrar que está vivo, sino que los discípulos ahora están llamados a ser testigos de lo que han visto y oído. Nadie puede quitarles esta experiencia.
En este sentido, el tiempo de la pandemia ahora puede ser un tiempo de gracia para nosotros. No tiene sentido suprimir o eludir los inconvenientes que estamos experimentando actualmente. Permitámonos sentir nuestros sentimientos, nuestras frustraciones, impaciencia, ira, impotencia y todo lo que pueda surgir en nosotros en estos días. Aquí es exactamente donde el resucitado quiere entrar, el que ha superado todo sufrimiento y la muerte. No porque se escapó, sino porque pasó por ellos.
No es fácil admitir nuestras debilidades. Nuestro orgullo no nos lo permite. Pero si lo hacemos, lo experimentaremos como liberador. En estos días les deseo el coraje de rezar con el salmo, "desde lo hondo a ti grito, Señor". Entonces veremos que algo comienza a moverse en nuestra vida que nunca antes habíamos conocido. De repente, Dios como que tiene un rostro; es alguien que siempre nos acompaña con amor. Y de repente se nos abre el entendimiento, y leemos las Escrituras con ojos diferentes.

domingo, 12 de abril de 2020

Domingo de Pascua


Incluso hoy, 2000 años después de la muerte y resurrección de Jesús, hay personas que afirman que Dios castiga. Por extraño que parezca, siempre dicen cuando sucede algo que alguien debería ser castigado. Y esos nunca son ellos. El deseo es el padre del pensamiento. Pero quiero seguir esta idea del castigo de Dios para ver a dónde vamos con eso.
Jesús resucitó de los muertos. Después de todo el sufrimiento, el desprecio y la descalificación que le habían infligido. Todo lo malo había terminado ahora; la muerte ya no tenía poder sobre él. Ese habría sido el momento de castigar a todos los que habían contribuido a este destino vergonzoso. Podría haberse aparecido a sus discípulos para acusarlos de todo su fracaso. Los tres más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, que afirmaron morir con él y por él, se habían escapado. Pedro lo había negado. Todos los demás lo habían dejado. ¡Después de tantos años con él! No se puede confiar en personas así. Después se habría aparecido a Caifás, para arreglar cuentas con éste. Dejemos a nuestra imaginación cómo habría terminado esta reunión. Del mismo modo con Pilato, y luego con cada uno de esta chusma que había gritado "¡crucifícalo!"
Pero no fue así! Resultó muy diferente. Según Juan 20, Jesús vino a sus discípulos a través de puertas cerradas; y lo primero que dijo fue "¡La paz sea con vosotros! - Como el padre me envió, yo los envío a vosotros”. - ¿Estas personas en las que no puedes confiar? Si, éstas! - Porque siguió diciendo: "Él sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonen sus pecados les quedarán perdonados... ”(Juan 20: 21-23).
La palabra griega para "espíritu" es la misma que para "aliento, soplo". Es el aliento de Dios que reciben los discípulos, el mismo espíritu de amor que siempre había inspirado a Jesús y lo hizo actuar como lo hizo. El Espíritu Santo es, por así decirlo, el cordón umbilical espiritual a través del cual el amor de Dios fluye hacia nuestras almas. Este espíritu nos revela nuestra verdadera naturaleza: somos amados hijos e hijas del Padre. Nadie puede quitarnos esta identidad. Y toda reconciliación y perdón que a veces son necesarios siempre sirven para volver a nuestra esencia original. Los hombres habían dicho su última palabra: hay buenos y malos; y, por supuesto, los malos siempre son los otros. Y tienen que ser castigados de manera ejemplar. Pero es Dios quien tiene la última palabra. Y ésta siempre es AMOR, porque no puede ser infiel a sí mismo.
Entonces ¿realmente no hay castigo? Esta pregunta podría ser respondida por Judas. No logró salir de su mentalidad de juzgar todo y a todos de acuerdo con su valor monetario. Había vendido a Jesús y quería recuperar esta "mercancía" por su dinero. Eso no funcionó. Así que al final se quedó con el vacío y el sinsentido de su vida. Y se ahorcó. Al negarse a renunciar a sus criterios, finalmente se castigó a sí mismo. Jesús vino a este mundo para darnos el amor del Padre. Los hombres no aceptaban eso. Entonces Jesús tuvo que pasar por una dura prueba, por la muerte en la cruz. Pero también en medio de esta prueba tan dura seguía amando. Y ahora, resucitado, este amor continúa fluyendo. Podemos poner obstáculos en su camino o tratar de detenerlo construyendo una represa de egoísmo. Pero este amor es como un tsunami que barre todo lo que se interpone en su camino.
Una palabra de Jesús explica esta situación con mucha precisión: “Quien crea en él (Jesús) no será juzgado; pero el que no cree ya está juzgado por no creer en el Hijo único de Dios”(Juan 3:18).