Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

jueves, 20 de junio de 2019

Como el Padre me amó...



Hay muchos, también dentro de la iglesia, que ven a Jesús apenas como alguien que nos enseñó una doctrina sobre Dios, o quién es el punto final de la revelación de Dios a los hombres. En todo caso, al menos nosotros, los occidentales, tenemos la tendencia de ver sólo las enseñanzas de Jesús, lo que nos lleva a un moralismo. Se habla de la "ley de Dios", de evitar el infierno y "ganarse" el cielo. Vemos sus sanaciones como aisladas, las llamamos “milagros”, lo que nos puede llevar a una fe casi supersticiosa donde evitamos nuestra propia responsabilidad.
Sin embargo, el apóstol San Pedro menciona en casa de Cornelio un detalle que nos permite entender mejor lo que significa y representa Jesús: Ustedes saben lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él (Hechos 10,37-38).
Las palabras "Ungido con el Espíritu Santo y con poder" nos remiten a textos del antiguo testamento donde alguien fue ungido, y en seguida estaba con una fuerza, un poder, que le permitía hacer cosas extraordinarias, y todo eso de parte y en nombre de Dios. Así que Jesús, aunque fue solamente bautizado con agua por Juan, pero no fue ungido por ningún otro hombre, con todo derecho se le llama "Ungido" (en griego "Cristo", en hebreo "Mesías"), porque el poder de Dios comenzó a manifestarse en Él.
Sin embargo, hay otro detalle de suma importancia que debemos tomar en cuenta: Se oyó una voz que venía de los cielos: "tú eres mi hijo amado, en ti me complazco" (Marcos 1,11). En su bautismo Jesús tuvo una experiencia muy profunda. Ahora bien, una cosa es tener una experiencia, otra muy distinta, es hablar de ella de una manera que otros puedan entender lo que pasó. Si el otro no ha tenido al menos una experiencia semejante, va a ser muy difícil explicárselo. Y cuando se trata de una experiencia de Dios, nos quedan a veces nada más que unos balbuceos. Así, esta voz del cielo es, en primer término, una experiencia de Jesús. Sólo en un segundo momento el evangelista trata de traducirla en palabras e imágenes para que también nosotros la entendamos. Y aquí llega a sus límites. No habla de un amor de pareja, donde un hombre y una mujer se unen íntimamente para engendrar un hijo, y comparten la responsabilidad de educarlo. Tampoco habla del amor de una madre a su hijo; este amor es un amor de cercanía, de acogida y de protección. Es de suma importancia durante los primeros años de la vida, para que el hijo pueda desarrollar confianza, no sólo en la madre y en su entorno inmediato, sino en la vida en general. Cuando habla de la experiencia de Jesús en el Jordán, habla del amor de un padre a su hijo. A diferencia del amor de una madre, es un amor que anima al hijo a superar sus miedos, a salir de su ambiente acostumbrado, y a confiar en lo desconocido porque él, el padre, está con él. Así le ayuda a descubrir nuevas dimensiones de la vida, a arriesgarse, a renunciar a algún bien para conseguir un bien mayor, a buscar la felicidad no en el control, sino en el servicio.
En Jesús, esta experiencia ha sido tan profunda que determinó su relación con Dios, llamándolo cariñosamente Abbá - Papá; y a partir de allí, marcó su identidad, su sentido de la vida y su misión. Se sabía amado a pesar de que creció el número de gente hostil a él, y que hasta sus más íntimos lo abandonaron. Ustedes se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo. Pero yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo (Juan 16,32). Lo mismo dijo el Papa Benedicto XVI en una ocasión: El que cree, nunca está solo.
Le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús respondió: Yo soy… El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: ¿Qué falta nos hacen los testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos sentenciaron que era reo de muerte (Marcos 14,61-64). De esta manera, su identidad más íntima y profunda fue para Jesús la causa por la cual lo condenaron a muerte. Esta negativa del Sanedrín de querer verlo como es debe haber sido muy dolorosa para Jesús.
Cuando los teólogos, desde los primeros siglos, reflexionaban sobre esta relación Padre – Hijo, no se fijaban tanto en la experiencia de Jesús, sino que tomaban el texto bíblico más al pie de la letra. El resultado positivo de esto fueron los grandes dogmas cristológicos de los primeros siglos que nos condujeron a una comprensión más clara de la persona de Jesús y de Dios que es uno solo en tres personas. Pero, hasta donde yo recuerdo mis estudios de teología, el aspecto de la experiencia de Jesús ha sido relegado a un segundo plano. El resultado negativo de este desequilibrio es que nuestra fe es apenas un consentimiento cerebral, un “aceptar como verdadero lo que Dios ha revelado”. Pero no llega a ser una confianza inquebrantable en un Dios que nos ama más que un padre.
Es por eso que Jesús no nos transmite, en primer término, verdades y mandamientos, sino la experiencia de ser amados sin límites ni reservas. Como el Padre me amó, así los he amado yo (Juan 15,9). De allí se entiende lo que Jesús hacía: sanaba a los enfermos, liberaba a los endemoniados, resucitaba a muertos. Nosotros los llamamos “milagros”. Sin embargo, son “obras poderosas”, portentos, de Jesús, que necesitaban la confianza de parte del hombre. El paralítico, y también el muerto, tenía que levantarse. Los leprosos tenían que presentarse al sacerdote; sólo “mientras iban de camino” quedaron limpios. A otros les decía que se fueran a su casa porque la persona por la cual habían pedido estaba sana. En Nazaret no pudo hacer muchos milagros porque desconfiaban de Él. Sin la confianza del hombre, Jesús no puede hacer su obra. La obra de Dios consiste en que ustedes crean en aquel que él envió (Juan 6,29). Esta confianza es más importante que las obras de la ley. Y así, Jesús nos amó hasta el extremo (Juan 13,1).
La consecuencia del amor de Dios que recibimos es que nos cambia desde dentro. Ya no hacemos las cosas por una imposición desde fuera, sino porque queremos responder a este amor. Ésta es la nueva ley, la nueva moral que nos da Jesús: Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros (Juan 13,34s). Nos sentimos motivados a hacer lo bueno, a servir a los demás.
Lo único que se nos pide es que confiemos en el amor de Dios. Para eso es necesario ser humildes, reconocer que no podemos hacer nada por nuestras propias fuerzas. Es lo que experimentamos cuando “tocamos fondo”, cuando se derrumba nuestro castillo de naipes, cuando ya no sabemos por dónde agarrarnos. Cuando aceptamos esta situación y nos abrimos a Dios, Él obra en nosotros con poder. También Jesús expresó esto, bajando al Jordán, el punto geográfico más bajo de la tierra (a casi 400 metros bajo el nivel del mar). Fue allí donde se le abrió el cielo.

miércoles, 23 de enero de 2019

La Verdad Los Hará Libres

Excusas, Domenichino, 1625
Hace pocos días publiqué en Facebook unas reflexiones que se compartieron muchas veces. Por eso las pongo aquí en mi blog, ligeramente ampliadas:
Se notan aires de cambio en Venezuela. Pero también se nota todavía el virus de la derrota. Me explico: he leído por ahí comparaciones entre Guaidó y Bolívar. Déjense de idolatrías. No esperen ningún Mesías. Bolívar cumplió su tarea histórica en su tiempo. Hoy tenemos tiempos diferentes, y las tareas son muy diferentes.
El 23 de enero es, ciertamente, una fecha emblemática en Venezuela. Pero no es mágica. No crean que las cosas se darán por ocurrir en una fecha determinada.
Mientras cada uno no acepte su responsabilidad, seguirá como esclavo. Ésta ha sido la tragedia de Venezuela ya desde antes de la quinta república. Siempre se esperaba que alguien arreglara las cosas. Y cuando las cosas salían mal, se buscaba un culpable. Esto es costumbre en las más altas esferas del gobierno usurpador: la oligarquía, el imperio, los apátridas, etc. Y los que se oponen al gobierno, no lo han hecho mejor. Con eso, los flojos e irresponsables se convierten en esclavos de los vivos. En el fondo, ésta es la consecuencia del pecado, de la separación de Dios: ya en el paraíso, Adán echa la culpa a Eva, e indirectamente a Dios - “la mujer que tú me diste” (¡cómo se te pudo ocurrir semejante cosa!) -, y Eva la echa a la serpiente. Dios condena a los tres, mostrando así que cada uno tiene su responsabilidad. Nadie puede lavarse las manos.
Juan Guaidó ha mostrado que quiere integrar a TODO el pueblo en el proceso del cambio. Hay que apoyarlo, cada uno con lo poco que puede hacer. Y eso es mucho: Desde las más altas esferas se ha sembrado odio, desprecio y descalificación. Hasta tal punto que ya no había diálogo político posible. Porque, en vez de argumentos objetivos y hechos, lo único que se oía eran descalificaciones y los golpes bajos del desprecio. Quizá, Venezuela tuvo que aprender por experiencia dolorosa que este camino no lleva a ninguna parte, sino al precipicio. No sigamos este ejemplo, por más rabia que sintamos contra los usurpadores. Si se aprende esta lección, podemos ser un ejemplo para otras naciones. Porque esta desgracia ocurre en muchas partes del mundo. Así que, no se dejen engañar de nuevo por mesianismos, descalificaciones y promesas engañosas.
Lo que nos ayuda en todo este proceso es nuestra fe, entendida como una relación personal con Dios. No basta una "fe milagrera": que tal santo me haga tal milagro. Eso es esclavitud espiritual. Cristo decía a los paralíticos "levántate!" Así, no más. La libertad no se pide ni se exige. Somos libres, por ser hijos de Dios. La libertad se asume, y se ejerce, así de simple. Lo que pasa es que tenemos miedo a las consecuencias de ejercer nuestra libertad. Porque los que quieren esclavizarnos toman represalias. Eso es su poder. Cuando no les hacemos más caso, pierden su poder. Hace años oí a alguien decir “imagínate que declaran la guerra – ¡y nadie acude”! No habría guerra, así de sencillo. No hay poder que pueda con una persona libre. Es de recordar que nuestra libertad no es voluntarismo, para hacer nuestros caprichos. Somos libres para SERVIR A DIOS Y AL PRÓJIMO. Libres de temor, arrancados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos en santidad y justicia, así dice el canto del Benedictus (Lucas 1,74).
Al final, se reduce a la pregunta para qué vivimos. ¿Vivimos para mantener y disfrutar nuestra vida, o para transmitir el amor que hemos recibido de Dios? Como el Padre me ha amado, así los he amado yo… Ámense unos a otros como yo los he amado (Juan 15,9.12). Y no hay circunstancia que nos impida amar. Cristo amaba, incluso estando ya colgado en la cruz, con dolores horribles, y a punto de morir. 
Les recuerdo a mis lectores que tienen la libertad de copiar y compartir mis textos si así lo desean. Yo, por mi parte, sólo asumo la responsabilidad por el texto publicado en este blog.

domingo, 13 de enero de 2019

El Hijo Amado

Bautismo de Jesús.
Ícono en la Capilla del monasterio
benedictino copto de San Antonio en
Ismailia, Egipto
Con la fiesta del bautismo de Jesús se cierra el ciclo litúrgico de navidad, o sea, de la celebración del hecho de que Dios se hizo hombre. Lamentablemente, muchas veces vemos la encarnación sólo como un hecho puntual: Dios se hizo hombre, y con eso creemos que todo estaba hecho. La liturgia nos enseña otra cosa: Este hombre llegó al mundo como un niño indefenso, creció “bajo la autoridad de sus padres”, aprendió a confiar, fue adolescente y joven adulto, hasta que hoy nos fijamos en el hecho de que este hombre tuvo que descubrir, como todos, la trascendencia, el sentido y la misión de su vida. Es a partir de entonces que comienza la misión de Jesús. Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él. Así dice Pedro en casa de Cornelio. (Hechos 10,37s).
Y, como nos dice el evangelio, ha sido una experiencia muy profunda: Todo el pueblo se bautizaba y también Jesús se bautizó; y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se escuchó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto (Lucas 3,21-22). Tenia unos 30 años, dice el verso siguiente (Lucas 3,23). Había vivido la religión de sus padres, de su pueblo. De ahora en adelante vivirá su relación con Dios a partir de su propia experiencia. También hoy en día hay sicólogos que sostienen que una persona se puede considerar realmente adulta a partir de unos 28 años. Los antiguos intuían esto ya en aquel entonces.
Esta experiencia está en el origen de su misión, a partir del bautismo que predicaba Juan, pero a la vez ocasiona también toda la hostilidad que tuvo que sufrir Jesús a lo largo de su vida. Lo trágico es que esta esencia suya era también la causa de su condena a muerte porque el sanedrín no quiso aceptar este hecho: Dijeron todos: Entonces, ¿eres tú el Hijo de Dios? Contestó: Tienen razón: Yo soy. Ellos dijeron: ¿Qué falta nos hacen los testigos? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca (Lucas 22,70-71).
Ahora bien, una cosa es la experiencia – inefable – y otra es el intento de hablar de ella. También aquí se aplica lo que se dice del silencio: el primer lenguaje de Dios es el silencio; todo lo demás es una mala traducción (Thomas Keating). Las palabras que más se acercan a poder expresar lo que experimentó Jesús son “Hijo amado”. Es comparable a la experiencia de un hijo que se sabe amado por su padre. No es el amor de madre, que es más bien un amor protector, sino el de un padre, que invita al hijo a crecer, a superarse, a arriesgarse, pero que está allí para rescatarlo. La confianza que Jesús aprendió en su familia cuando era niño, ahora la pone en Dios a quien llama Abbá, querido papá. Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá (Salmo 27,10). Sólo así entendemos por qué Jesús se entregó a la muerte, aceptándola como la voluntad del Padre. Y ocurrió lo inaudito: ¡resucitó!
Pero las palabras no son suficientes para transmitir lo que Jesús experimentó. Se quedan cortas. Las discusiones teológicas – y los errores – acerca del significado de “Hijo de Dios” son una prueba de ello. Otra manera de comunicar esta experiencia es la de facilitar a otros esta misma experiencia. Así lo hizo Jesús. Como el Padre me amó así yo los he amado (Juan 15,9). Por eso, todo lo que Jesús decía y hacía estaba dirigido a facilitar esta experiencia de amor, de acogida, unión, integración, perdón. Predicaba la Buena Noticia, sanaba, perdonaba, se fijaba en los marginados. Por eso el hombre está por encima de la ley, las estructuras y las ideologías. Nadie podía evitar que cumpliera esta voluntad del Padre. Ya colgado en la cruz, todavía perdona a los que lo acababan de crucificar y al ladrón crucificado con Él.
Al relato del bautismo le sigue la genealogía, tal como la presenta Lucas (3,23-28): no como en Mateo, desde Abrahán hasta Jesús, sino al revés: desde Jesús hasta Adán, que era hijo de Dios. Con eso dice que Jesús, que se bautizó como uno más entre la multitud, nos abre también a nosotros el paso a asumir nuestra condición de hijos de Dios. Por supuesto, esta experiencia es una gracia que Dios da a quien quiere. Pero podemos, como Jesús, disponernos a recibirla. En el relato de Lucas hay un detalle que nos indica cómo: Mientras oraba, se abrió el cielo (Lucas 3,21). “Orar”, en hebreo, no significaba rezar oraciones, sino abrirse totalmente a Dios. Eso equivale también a estar dispuestos a cumplir su voluntad. Cuando nosotros le abrimos a Dios nuestro corazón, Él nos abre el suyo, que es el cielo, es decir, nuestra felicidad. La clave de acceso a la experiencia de sabernos amados es nuestro corazón abierto y disponible. Eso va de la mano con la gratitud: Es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar (Prefacio de la misa).
Cuando hayamos aceptado el amor de Dios, es posible abandonar el legalismo, y compartir el amor con nuestros hermanos. Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado (Juan 15,12). Estamos invitados a vivir la vida ordinaria con amor extraordinario. Tanto Sta. Teresa del Niño Jesús, como Sta. Teresa de Calcuta nos dan un ejemplo claro de esto.
En la iglesia antigua se llamaba el bautismo “la iluminación”. ¡Qué más iluminación queremos que la de saber quiénes somos: hijos amados de Dios!

lunes, 3 de diciembre de 2018

Hágase tu voluntad


Alguien dijo una vez, que cuando rezamos el Padre Nuestro, probablemente estamos mintiendo muchas veces. Decimos hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mateo 6,10). Pero con nuestra mente y con nuestro corazón estamos en otra parte. Tenemos miedo a decir estas palabras en serio. Porque sabemos cuánto tuvo que sufrir Cristo porque los tomó en serio.
La carta a los hebreos reflexiona sobre esto, diciendo: Por eso, al entrar en el mundo (Jesús) dijo: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo. No te agradaron holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, he venido para cumplir, oh Dios, tu voluntad –como está escrito de mí en el libro de la ley–... Y en virtud de esa voluntad, quedamos consagrados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre (Hebreos 10,5-10). Así Cristo llevó su fidelidad a la voluntad del Padre hasta los últimas consecuencias.
Ya muchos siglos antes se percibe en las tradiciones de Israel que lo más importante no son los sacrificios sino la obediencia a la voluntad de Dios. Unos 18 siglos antes de Cristo, Abrahán estaba dispuesto a sacrificar a su hijo, pero Dios no quiso el hijo, sino la obediencia de Abrahán. Y Dios le hizo esta promesa: Todos los pueblos del mundo se bendecirán nombrando a tu descendencia, porque me has obedecido (Génesis 22,18). Unos mil años AC el rey Saúl, haciendo caso omiso al mandato de Dios, se niega a eliminar algunos animales del botín de sus enemigos vencidos, y los guardó para ofrecerlos a Dios en sacrificios. El profeta Samuel le dijo: ¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan su voz? La obediencia vale más que el sacrificio; la docilidad, más que la grasa de carneros. (1Samuel 15,22s). Lo mismo vuelve a repetir el profeta Oseas en el siglo VIII AC, en el reino de Israel: porque quiero lealtad, no sacrificios (Os 6,6). En la misma época, Isaías proclama en el reino de Judá: estoy harto de holocaustos de carneros... La sangre de novillos y corderos... no me agrada (Is 1,11). Y sigue enumerando algunos mandamientos, cuyo cumplimiento le agrada más a Dios. La cita en la carta a los Hebreos viene de lo que resume el salmo en estas mismas palabras: No quisiste sacrificios... pero me formaste un cuerpo... Aquí estoy, he venido para cumplir, oh Dios, tu voluntad (Sal 40,5-7).
Esto es uno de los primeros aprendizajes en el camino espiritual: es más fácil darle a Dios algo que no me afecta mucho, algo que no soy yo, con tal de no tener que entregarme a mí mismo, a mi propia voluntad. Pero esto es precisamente lo que quiere Dios: a nosotros mismos, a todo nuestro ser.
Ésta fue la manera cómo Jesús se mantuvo tan íntimamente unido al Padre: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y concluir su obra (Juan 4,34). Hacer su voluntad era toda su vida, todo lo que le daba sentido.
Para nosotros no es tan difícil cumplir la voluntad de Dios, mientras ésta coincide más o menos con la nuestra, y cuando todo va bien. Pero cuando nos tocan contrariedades, nos preguntamos si éstas también son la voluntad de Dios. ¿Cómo puede un Dios bueno mandarnos cosas tan malas, como lo son enfermedades, la muerte de un ser querido, catástrofes naturales, especialmente cuando nosotros mismos somos las víctimas de ellas? Por no hablar de sufrimientos causados por el hombre, como guerras, hambrunas, genocidios, torturas, abusos de toda clase, esclavitud, y muchos más. Cuando la gente me pregunta acerca de esto, yo les contesto con otra pregunta: la muerte de Cristo ¿fue voluntad de sus enemigos, como Caifás y Pilato, o fue la voluntad de Dios? Jesús mismo nos da la respuesta cuando, la noche antes de su muerte, ora en el huerto: Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Mateo 26,39.42).
Aquí tocamos el misterio del libre albedrío que Dios les ha dado a los hombres. Dios es bueno, y todo lo creado por Él es bueno (Génesis 1). Pero, por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte (Romanos 5,12). Los primeros 11 capítulos del libro Génesis describen los enredos, sufrimientos y catástrofes que la humanidad sufre a consecuencia del pecado, de su separación de Dios. En la misma carta a los Romanos, San Pablo describe cómo él experimenta esta situación: Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mis bajos instintos. El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. No hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí (Romanos 7,18-20).
Si miramos nuestra voluntad, ésta siempre quiere ver el problema fuera de sí. Ya Adán echa la culpa a Eva, y ésta la echa a la serpiente (Génesis 3,12s). No quiere asumir responsabilidades. Además, nos encontramos con la voluntad de Dios, pero torcida, alterada y desfigurada por la del hombre. Por ejemplo, es la voluntad de Dios que todos tengan su alimento. Pero, por la voluntad del hombre, este alimento es acaparado por unos, dejando con hambre a otros. O es usado para excesos de comida, con las consecuencias de enfermedades e incluso una muerte prematura. Aquí podríamos mencionar también todos los vicios y atrocidades que se han cometido justificándolas con la religión. Ya Cristo lo dijo a sus discípulos: Los expulsarán de la sinagoga. Incluso más, llegará un tiempo en que el que los mate pensará que está dando culto a Dios (Juan 16,2).
Pero aquí se nos presenta un segundo aprendizaje: el problema no está fuera de nosotros, sino que se trata de nuestra actitud interior. Dios quiere que asumamos nuestra responsabilidad. La promesa de Dios no consiste en quitarnos nuestros sufrimientos, sino en ayudarnos a cambiar nuestra actitud hacia ellos. De eso se trata realmente en la santidad. En esta vida, las raíces de la felicidad están en nuestra actitud básica hacia la realidad (Thomas Keating). Aunque no parezca, en todo, por más desagradable y detestable que sea, en último término es Dios mismo quien nos sale al encuentro. Por eso, la pregunta no es si lo que experimentamos como contrario y hostil a nosotros es la voluntad de Dios, sino más bien, qué es lo que quiere Dios de nosotros dentro de esta situación. Con esto asumimos nuestra responsabilidad. Además, dejamos de lado lo que nos molesta, y dirigimos nuestra mirada directamente a Dios. Este es el contexto de la oración de bienvenida.
Jesús dedicó toda su vida a cumplir la voluntad del Padre. Nos volvió a relacionar con Dios y, así, afirmó nuestra bondad básica. No excluyó a nadie. En el perdón nos trajo la reintegración y la unidad. Ni siquiera su pasión y la cruz han podido evitar que cumpliera esta voluntad. Ante sus acusadores Jesús guarda silencio, porque no vale la pena discutir con gente que ya ha tomado una decisión. Y también respeta a sus enemigos. Ya colgado en la cruz, perdona a los que acaban de crucificarlo. Y promete el paraíso al que está crucificado con él. No excluye a nadie del amor de Dios.
Por su bautismo, donde se experimentó como el hijo amado, Jesús sabe que el Padre es fiel, que no lo abandona, y que lo ama más allá de la muerte. Por eso, incluso sintiéndose abandonado por Dios, no corta la relación sino que todavía se dirige a Él con las palabras del salmo 21. Jesús, quien parece ser el perdedor más trágico, se mantiene soberano en toda esta situación. No se deja afectar por lo que le rodea, sino que responde únicamente a la voluntad de Dios.
Esta respuesta ha sido tan transparente y radical que podemos decir con toda la razón: Realmente este hombre era Hijo de Dios (Marcos 15,39). Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él nos lo dio a conocer (Juan 1,18). A Dios nunca lo ha visto nadie; si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros (1Juan 4,12).

viernes, 2 de febrero de 2018

Bautizados con Espíritu Santo y Fuego


En el evangelio de Lucas, inmediatamente después del bautismo, cuando Jesús acababa de oír la voz del Padre, tú eres mi hijo amado, sigue la genealogía de Jesús. Allí hay un detalle que llama mucho la atención: Cuando Jesús empezó su ministerio tenía treinta años y pasaba por hijo de José, que era hijo de Elí, Elí hijo de Matat, Matat hijo de Leví... Set hijo de Adán, Adán hijo de Dios (Lucas 3,23-38). Según este texto, todos somos hijos de Dios porque todos somos hijos de Adán.
Pero, nosotros llegamos a ser hijos de Dios por mediación de Jesús. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego (Lucas 3,16). Varios textos indican que la experiencia de Jesús después de su bautismo no fue sólo un privilegio para él, sino una vocación para el servicio de los demás - como lo es también nuestra vocación: y porque no vivamos ya para nosotros mismos sino para él que por nosotros murió y resucitó, envió, Padre, al Espíritu Santo (plegaria eucarística 4).
Como el Padre me amó así yo los he amado (Juan 15,9). Por ellos me consagro, para que queden consagrados con la verdad (Juan 1719). Quien me ha visto a mí ha visto al Padre (Juan 14,9). Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que rescatase a los que estaban sometidos a la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos. Y como son hijos, Dios infundió en sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: Abba, es decir, Padre (Gálatas 4,5). Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos. Por eso el mundo no nos reconoce, porque no lo reconoce a él (1Juan 3,1-3). Es Jesús quien nos facilita el acceso a nuestra condición de hijos de Dios.
Esto tiene consecuencias importantes en nuestra vida y nuestras relaciones. Es éste Jesús que comienza su ministerio diciendo conviértanse. Pero no se trata de una conversión en sentido moral sino, como indica la palabra griega, de un cambio de nuestra manera de pensar. Estamos invitados a vernos como los hijos amados del Padre. Y todo lo que hagamos es una respuesta, ya no a mandamientos, sino a este amor.
El teólogo alemán Eugen Biser (1918 - 2014) dijo en una ocasión: Jesús es el revolucionario más grande de la historia de religión. Eso suena demasiado pretencioso; sin embargo, la experiencia de Jesús en su bautismo ha sido revolucionaria, y tiene para nosotros consecuencias revolucionarias. Veamos esto por partes:
1. Es Dios quien toma la iniciativa y sale al encuentro del hombre. El hombre no puede merecérselo; sólo puede buscarlo y disponerse para el encuentro. Jesús "se abajó" en el Jordán. Es el Hijo de Dios, no por esfuerzo propio, sino por revelación. Su condición divina es un don de Dios, una vocación, al hombre Jesús. No son necesarias las reencarnaciones para llegar a la perfección o a la condición de maestro ascendido, porque nuestra meta no es la perfección, sino la unión con Dios. Y ésta no es el resultado de un esfuerzo nuestro, sino que todo es gracia.
Nuestra fuerza interior no tiene nada que ver con el pensamiento positivo o con la "autoestima en alto". Más bien, éstos son el fruto de la experiencia del amor del Padre. Esto es sumamente importante porque hoy en día hay un sin fin de cursos y actividades que prescinden de este amor, y enseñan a los participantes un amor a sí mismos que no tiene fundamento y, por ende, no resiste en las pruebas.
Aquí nos topamos con el misterio de las dos naturalezas de Jesús: hombre y Dios. A pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz. Por eso Dios lo exaltó y le concedió un nombre superior a todo nombre (Filipenses 2,6-9). Así resume San Pablo este misterio. Vemos el comienzo de este camino de anonadamiento en el bautismo de Jesús. Se deja bautizar por Juan. Y lo hace incluso geográficamente en el punto más bajo del planeta: en el Jordán. Bajó al agua. En este vaciamiento total, como hombre experimenta la presencia amorosa del Padre. El Espíritu de Dios lo llena, y se sabe el Hijo amado de Dios. Su entrega hasta la muerte es la prueba de que esto no fue fruto de una imaginación o idea enfermiza de Jesús, sino de una experiencia profunda de Dios como digno de confianza absoluta, como Padre.
2. El Dios que se revela al hombre es un Dios de amor que expulsa el temor. Mientras no aceptemos el amor incondicional del Padre seguiremos viviendo con miedo, buscando seguridades. Y lo que llamamos fe, en tal caso es apenas un cristianismo cultural, una ideología religiosa más, que hay que defender. Y todas las renovaciones y adaptaciones se convierten en combustible para una lucha entre tradicionalistas y progresistas. Todo queda apenas en un maquillaje.
Cristo destruyó el poder de la muerte, porque el amor es más fuerte que la muerte. Así como los hijos de una familia tienen una misma carne y sangre, también Jesús participó de esa condición, para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos (Hebreos 2,14-15).
San Pablo lo describe con más detalle a los cristianos de Roma: ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada?... En todas esas circunstancias salimos más que vencedores gracias al que nos amó. Estoy seguro que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8,28-39).
3. Dios nos invita a una relación de confianza e intimidad. Nuestra condición de hijos de Dios es nuestra esencia. No importa lo pecadores y monstruos que hayamos sido, esta esencia nuestra nos permite volver en cualquier momento, como el hijo pródigo, a nuestro Padre. Porque seguimos siendo hijos de Dios. No podemos borrar esta condición nuestra; sólo podemos negarla, como lo hizo el hijo mayor de la parábola. Él no entró al banquete; esto fue su infierno: no querer estar donde iba a ser feliz y en comunión con los demás. El Padre nos invita al banquete. La decisión de entrar es nuestra.
Como resultado de esta experiencia de amor, Jesús tiene una confianza tan fuerte en el Padre que le permite actuar en nombre de Él. Quien lo ve a Él, ve al Padre. Esta experiencia de amor es la roca donde se funda la fortaleza de Jesús para pasar incluso por la muerte. El Padre puede contar con el Hijo, y el Hijo cuenta con el Padre. Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? El que no reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a regalar todo lo demás con él? ¿Quién acusará a los que Dios eligió? Si Dios absuelve, ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? (Romanos 8,31-34) Jesús se centró en su misión de amar. Del resto se ocupó el Padre. Como el Padre me amó así yo los he amado (Juan 15,9).
Por eso el perdón es parte del amor de Dios. No se trata de una fría declaración judicial absolutoria, sino de saberse amado, aceptado, reintegrado - como el hijo pródigo. Para eso, Jesús se hizo uno de nosotros, nos quitó el miedo, rebajándose al nivel más bajo, para inspirarnos desde allí confianza y, de esta manera, manifestarnos el amor y el perdón de Dios.
El amor expulsa el temor: ¡No teman! Pablo escribe (y lo hace ¡desde la prisión!): Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias por todo. Eso es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos (1 Tesalonicenses 5,16-18). También el libro del Apocalipsis es un libro sobre la victoria de Cristo, y fue escrito por uno que estaba perseguido y exiliado por su fe. No se trata de una alegría superficial, sino profunda.
4. El Dios trascendente se escapa a nuestro control y nuestras definiciones. Pero envía su Espíritu sobre Jesús. De esta manera habita en lo más íntimo de él. Dios se hace presente en el hombre. La práctica de la oración centrante nos mantiene y confirma en este camino. Al consentir a la presencia de Dios en nosotros, aceptamos una y otra vez su amor infinito que emana de su presencia. Y, al consentir a su acción en nosotros, le permitimos que actúe a través de nosotros y transmita su amor a los que nos rodean. Por la práctica fiel, nos volvemos más y más transparentes, traslúcidos, para que se perciba la presencia de Dios en este mundo.
Esta experiencia le reveló a Jesús su identidad. Y lo mismo hace con nosotros. El amado responde al que lo ama; Jesús responde única y exclusivamente a Dios. Por eso no habla ni actúa políticamente correcto. Cuestiona lo de siempre. Es diferente. Por eso es percibido por los poderes constituidos como una amenaza. ¡Cuidado con la gente!, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas. Los harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen por lo que van a decir; pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre hablará por ustedes. Un hermano entregará a la muerte a su hermano, un padre a su hijo; se rebelarán hijos contra padres y los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Quien resista hasta el final se salvará (Mateo 10,17-22). Por supuesto, una persona tan libre es percibida como peligrosa porque no responde a las expectativas de los demás.

jueves, 4 de enero de 2018

Tú Eres Mi Hijo Amado

Con la fiesta del bautismo de Jesús terminamos litúrgicamente el ciclo navideño. Me parece que no le damos todo el valor que se merece esta fiesta porque ya hemos celebrado bastante, a veces con mucho ruido. Así que estamos contentos de poder volver por fin a la vida y rutina diaria. Pero el misterio del bautismo de Jesús es de suma importancia. Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan (Hechos 10,37). Así dice Pedro en casa de Cornelio. El relato de la Buena Noticia comienza con el bautismo de Jesús. En aquel tiempo vino Jesús desde Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. Se escuchó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto (Marcos 1,9-11). Lo que le importa a Jesús ahora ya no es, en primer término, la ley sino su relación de amor con el Padre.
Este Jesús es el cumplimiento de la ley y los profetas. Dios lo confirma como tal delante de sus discípulos en la transfiguración: Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: Éste es mi Hijo amado. Escúchenlo (Marcos 9,7). Escuchar a este Jesús implica un cambio de nuestra manera de pensar, de nuestra mentalidad, una conversión. Lo que cuenta ahora ya no son estructuras, tradiciones y leyes, sino única y exclusivamente la relación personal de confianza inquebrantable en el Padre, fundada en el amor que Él nos tiene. Ahora ya no se utiliza ni instrumentaliza al hombre, sino que el sábado es para el hombre, no al revés. Este amor no excluye a nadie, hace posible la unidad, pasando las fronteras de las culturas; hace posible el perdón; hace posible una paz duradera.
Este Jesús no era "políticamente correcto", se le percibía como una amenaza contra lo acostumbrado que daba seguridad a la gente. Al final decidieron eliminarlo. El proceso contra él fue una farsa; a cómo dé lugar, se buscó un pretexto para condenarlo. En estos momentos decisivos vuelve a aparecer la cuestión de la identidad de Jesús. Pero esta vez no fue el Padre que lo amaba, sino el hombre que lo veía como un estorbo y lo quería quitar de en medio: De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús respondió: Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo. El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: ¿Qué falta nos hacen los testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos sentenciaron que era reo de muerte (Marcos 14,61-64). ¿Alguien ha dudado alguna vez de la identidad de Uds., a pesar de tener todos los documentos que la prueban, en regla? Debe ser una sensación horrible. Y aquí se trata de la identidad más íntima de Jesús, de su esencia. Los que se creen poderosos no la aceptan porque no cabe en sus esquemas mentales y expectativas. Jesús es tratado como un nadie. Y a los nadie sólo les espera la cruz.
Pero, ¿si Jesús sólo se inventó lo del amor de Dios? ¿Si fue un impostor, un psicópata, un loco? El Sanedrín, al menos, no le dio crédito. La prueba de que Jesús dice la verdad es la manera cómo asumió su muerte. Porque uno que vive una mentira, cuando se ve en apuros, recurre a la violencia para defenderla. O se desmorona. En todo caso, no se percibe ninguna dignidad en su muerte. Pero Jesús, a pesar de la muerte tan terrible que le venía encima, en todo momento mantuvo la serenidad y su dignidad. Se negó a recurrir a la violencia. No quería huir para esconderse, sino que salió al encuentro de los que venían a detenerlo; sanó a uno de los soldados; se preocupó por las mujeres de Jerusalén; perdonó a los que acababan de crucificarlo, y al ladrón que moría con él. Un loco y un impostor no hacen esto. Pero Jesús seguía poniendo su confianza en el Padre que lo amaba, incluso más allá de la muerte.
¿De dónde sacó Jesús esta fuerza? Es que la voz que le había dicho tú eres mi hijo amado, mi predilecto, no fue solamente una noticia como otras tantas noticias, sino una experiencia profunda que marcó a Jesús por el resto de su vida. Se experimenta como el amado, el predilecto, o sea, amado tan intensamente como si fuera el único. Este amor y esta predilección indican una relación muy íntima, como entre padres e hijos. Es una relación de confianza absoluta. El punto de referencia ya no es una cultura, una sociedad, una ideología o una ley, ni siquiera unas formas de religión, sino una relación personal íntima que inspira confianza. El aceptar este amor tiene consecuencias transcendentales en su vida y en sus relaciones. Jesús vive esta confianza hasta las últimas consecuencias.
Estemos claros: nosotros recibimos el sustento y la protección de nuestras necesidades básicas a través de los que nos rodean, la familia, la sociedad, la cultura. Igualmente nos experimentamos aceptados por ellos. Y dentro de esta red social recibimos alguna cuota de poder. En cambio, si no cumplimos con las expectativas de nuestra cultura, sociedad o religión, sufrimos represalias más o menos severas. Nos quitan el sustento; nos aplican la ley del hielo (mobbing); nos dejan indefensos; nos llaman apátridas. Pero Jesús es libre de todas estas preocupaciones. No teman al que sólo puede matar el cuerpo (Mateo 10,28).
Es ésta la fuerza que mueve a Jesús, y que él nos transmite al bautizarnos con Espíritu Santo y fuego (Lucas 3,16).

domingo, 24 de diciembre de 2017

La Palabra se hizo Carne


A veces la gente dice que en Navidad celebramos el cumple-años del Niño Jesús. Lo harán con buenas intencio-nes, pero esta expresión falsifica peligrosamente el sentido de esta fiesta. Porque si celebramos solamente el cumpleaños de Jesús, nos fijamos en un asunto del pasado que no nos afecta mucho, porque solamente nos causa una alegría momentánea.
Lo que celebramos realmente en Navidad es algo mucho más profundo e importante: celebramos litúrgicamente un hecho que afecta toda nuestra vida personal, nuestra existencia.
Navidad es algo que ocurre hoy, en mí.
Ya lo dijo el místico Angelus Silesius (1624 - 1677) en una ocasión, aunque Cristo haya nacido mil veces en Belén, si no nace en tu corazón, habrá nacido en vano.
Y, unos siglos antes, san Bernardo de Claraval (1090 - 1153) escribe en un sermón en el Adviento del Señor, que sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia... Aquéllas son visibles, pero ésta no... La intermedia... es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan...
Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta venida intermedia, oídle a él mismo: El que me ama -nos dice- guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Más claro todavía expresa esto mismo el libro del apocalipsis: Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Apocalipsis 3,20). En ambos textos se habla de intimidad con Dios, de la inhabitación de Él en nosotros.
¿De qué sirve entonces hacer pesebres, si no dejamos entrar a Jesús en nuestro corazón?
Fijémonos en este aspecto: ¿Cómo podemos dejarlo entrar en nuestro corazón? Vamos por partes: Muchas veces creemos saber cómo es Dios. Pero San Juan es tajante: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros... Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, él nos lo dio a conocer (Juan 1,14.18). Tenemos que deshacernos de nuestros conceptos filosóficos de Dios. La única manera de hablar de Él es dando testimonio de nuestra experiencia. Sólo si miramos a este hombre, Jesús, podemos ver quién es Dios y cómo actúa. Él es reflejo de su gloria, la imagen misma de lo que Dios es (Hebreos 1,3).
El evangelio nos cuenta muchos detalles sobre la vida y actividad de Jesús: sus palabras, sus portentos y sanaciones; incluso resucitó muertos. En medio de esta multitud de información nos olvidamos a veces de lo esencial, de lo que le movió a hablar y actuar como lo hacía. Pero el nuevo testamento nos da pistas para encontrar este punto. En la anunciación a José en el evangelio de Mateo, el ángel le dice: María dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1,21). También en el evangelio de Juan, el Bautista presenta a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1,29). Éste es el centro de todo el evangelio: volver a relacionar al hombre con Dios, dejándole toda la libertad para aceptar esta invitación o no. Si miramos alrededor, y quizá dentro de nosotros mismos, constatamos que podemos resolver muchos problemas. Pero no podemos con el pecado; no sabemos a dónde ir. También los sicólogos se dan cuenta de eso. Lo que necesita la gente muchas veces va más allá de consultas sicológicas: es el perdón que los acepte como son, con todo su pasado, que los reintegre de lleno con Dios, consigo mismos, y con los demás. Porque el pecado es una separación de nuestra esencia, algo que nos lleva a escondernos porque no aguantamos la soledad absoluta. Y nos lleva también a lavarnos las manos echando la culpa a los demás. De esto nos vino a salvar Jesús. Así como los hijos de una familia tienen una misma carne y sangre, también Jesús participó de esa condición, para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos (Hebreos 2,14-15). Y yo creo que no habla sólo de la muerte física, sino de la MUERTE, la aniquilación, del sentirse una nada, del sentirse inaceptable.
Por eso el perdón es parte del amor de Dios. No se trata de una fría declaración judicial absolutoria, sino de saberse amado, aceptado, reintegrado - como lo vemos en la parábola del hijo pródigo. Para eso, Jesús se hizo uno de nosotros, nos quitó el miedo, rebajándose al nivel más bajo, para inspirarnos desde allí confianza y, de esta manera, manifestarnos el amor y el perdón de Dios.
Éste fue el testimonio de los primeros cristianos: ¡Miren cómo se aman! decía la gente de ellos. Somos templo del Espíritu Santo, lugar de la presencia de Dios, y de su acción, que es su amor y su perdón.
La práctica fiel de la oración centrante es una práctica de dejarse transformar progresivamente en la presencia de Dios. Esto no tiene nada que ver con la Nueva Era que nos dice que, con suficiente esfuerzo, llegaremos a ser Dios. Al contrario, es precisamente vaciándonos, que nos preparamos para que Dios nos llene con su presencia y sus dones.